No hubo infancia, no les dieron tiempo. El lobo y el oso marcaron su destino como Ulfhednar.
Su número al nacer fue el doce; y doce sus compañeros, su familia... con esa rara soledad compartida en grupo, como una sombra de la que huían los demás.
Un velo de miedo y de estima se cernía a su alrededor, y se extendía como un aura maldita y a la vez necesaria.
La guerra era su destino; la batalla, su momento de libertad.
Odín les mostraba el camino a la furia, con su sabiduría mágica. Sus rituales les alejaban del pánico, que en secreto y a veces, se apoderaba de su interior.
Tras años de duros entrenamientos, no echaron en falta el beleño, no esperaban ansiosos la belladona ...la tensión se convertía en un estado natural, y el éxtasis, lo habitual en el combate.
Cuando llegaba el momento, no había bandos, sólo el frenesí.
Y al acabar, sólo observaban con viveza los ojos del cuervo.
.jpg)